El problema no es que un año llueva menos

Pautas de lectura:
Este texto es una aportación técnica y reflexiva elaborada por el director ejecutivo de la Fundación Canaria Reserva Mundial de la Biosfera La Palma, en el marco de sus funciones de análisis, divulgación y acompañamiento a los procesos de transición ecosocial.No constituye una posición institucional formal de la Fundación, que corresponde a sus órganos de representación —Patronato y Presidencia— conforme a sus Estatutos.
Esta pieza no pretende ofrecer un resumen divulgativo al uso ni convencer a nadie a la fuerza. Su objetivo es contribuir al conocimiento respetuoso y a la comprensión de la crisis climática desde una perspectiva amplia.
Un reciente estudio de la Universidad de La Laguna concluye que la disponibilidad natural de agua en Canarias tenderá a disminuir a lo largo de este siglo.
Pero para mi el interés de este estudio va mucho más allá del agua. Porque el agua no es únicamente un recurso, es una señal. Una de esas señales que nos obligan a preguntarnos si nuestras formas de habitar el territorio siguen siendo compatibles con los límites físicos que sostienen la vida.
En todo caso y, en relación al estudio, conviene subrayar que no hablamos de una estimación improvisada. El estudio es metodológicamente sólido, se apoya en los escenarios climáticos más avanzados utilizados actualmente por la comunidad científica internacional y en una metodología específicamente adaptada a la complejidad geográfica y climática de Canarias. Gracias a ello, ofrece una resolución espacial (100 metros) sin precedentes para el archipiélago y una imagen especialmente detallada de cómo podrían evolucionar sus recursos hídricos durante este siglo.
La gráfica que acompaña esta publicación muestra precisamente la evolución de la evapotranspiración potencial bajo un escenario de altas emisiones. Los tonos cálidos se extienden progresivamente por las islas reflejando una mayor demanda atmosférica de agua. Aclarar que no representa la lluvia que cae, sino el agua que la atmósfera es capaz de extraer del suelo y de la vegetación.
En otras palabras, una atmósfera más cálida es una atmósfera más sedienta.
No obstante, como toda investigación científica, este estudio tiene limitaciones. No calcula directamente el agua que tendremos disponible en galerías, pozos, embalses o desaladoras, algo esencial en Canarias. Sin embargo analiza algo más básico, cuánta agua deja disponible el propio clima. Y precisamente por eso resulta tan valioso, porque permite aislar la señal del cambio climático de otros factores humanos y tecnológicos.

𝑬𝒍 𝒂𝒈𝒖𝒂 𝒄𝒐𝒎𝒐 𝒔í𝒏𝒕𝒐𝒎𝒂

Reducir la discusión a la disponibilidad de agua sería un error.
El agua es una de las expresiones más visibles de una transformación mucho más profunda. 𝐋𝐚 𝐜𝐫𝐢𝐬𝐢𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐟𝐫𝐨𝐧𝐭𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐮́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐡𝐢́𝐝𝐫𝐢𝐜𝐚, 𝐧𝐢 𝐜𝐥𝐢𝐦𝐚́𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐧𝐢 𝐞𝐧𝐞𝐫𝐠𝐞́𝐭𝐢𝐜𝐚, 𝐧𝐢 𝐝𝐞 𝐛𝐢𝐨𝐝𝐢𝐯𝐞𝐫𝐬𝐢𝐝𝐚𝐝. 𝐄𝐬 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐫𝐢𝐬𝐢𝐬 𝐞𝐜𝐨𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐥 𝐦𝐮𝐥𝐭𝐢𝐝𝐢𝐦𝐞𝐧𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐞𝐧 𝐥𝐚 𝐪𝐮𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐫𝐠𝐞𝐧 𝐦𝐮́𝐥𝐭𝐢𝐩𝐥𝐞𝐬 𝐭𝐞𝐧𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐚𝐜𝐭𝐮́𝐚𝐧 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐬𝐢́.
Por ejemplo, el aumento de las temperaturas incrementa la demanda de agua y favorece los incendios forestales. La degradación de los ecosistemas reduce la capacidad del territorio para retener humedad y proteger los suelos. El aumento del nivel del mar amenaza infraestructuras, entre ellos puede salinizar pozos y acuíferos, y socava asentamientos costeros. La producción de agua requiere energía, mientras que la producción de energía depende de sistemas materiales complejos que tampoco son ajenos a los límites físicos del planeta.
Y detrás de todo ello existe una realidad más profunda que rara vez aparece en la conversación pública, el desequilibrio energético del sistema climático. Más del noventa por ciento del exceso de calor generado por nuestras emisiones no permanece en la atmósfera. Es absorbido por el océano. El océano es la gran memoria térmica del planeta. Registra, acumula y transporta la energía que añadimos al sistema climático. Lo que observamos en forma de sequías, olas de calor, lluvias extremas o cambios en la disponibilidad de agua dulce son, en gran medida, distintas manifestaciones de ese desequilibrio energético acumulado durante décadas.
Por eso el agua no es un problema aislado. Es una de las formas en que el océano, la atmósfera, los ecosistemas y las sociedades humanas nos muestran que forman parte de un mismo sistema.

𝑬𝒍 𝒗𝒆𝒓𝒅𝒂𝒅𝒆𝒓𝒐 𝒅𝒆𝒔𝒂𝒇í𝒐: 𝒍𝒐𝒔 𝒎𝒂𝒓𝒄𝒐𝒔 𝒄𝒐𝒏 𝒍𝒐𝒔 𝒒𝒖𝒆 𝒑𝒆𝒏𝒔𝒂𝒎𝒐𝒔

Y, sin embargo, el mayor desafío quizá no sea físico, sino cultural.
Porque llevamos décadas acumulando evidencias científicas sobre el cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación de los suelos o el calentamiento de los océanos. Los datos están ahí. Los informes están ahí. Las señales están ahí.
Lo que resulta mucho más difícil es transformar las inercias sociales y los marcos mentales con los que interpretamos el mundo.
𝐋𝐚𝐬 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐧𝐨 𝐭𝐨𝐦𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐮́𝐧𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐫 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐝𝐚𝐭𝐨𝐬, 𝐞𝐧 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐫𝐚𝐫𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐥𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐚𝐬𝐢́. 𝐋𝐨 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐚 𝐭𝐫𝐚𝐯𝐞́𝐬 𝐝𝐞 𝐯𝐚𝐥𝐨𝐫𝐞𝐬, 𝐜𝐫𝐞𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬, 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐜𝐭𝐚𝐭𝐢𝐯𝐚𝐬 𝐞 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨𝐫𝐢𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐧𝐨𝐬 𝐚𝐲𝐮𝐝𝐚𝐧 𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝. Durante generaciones hemos asociado el progreso a la expansión constante de la producción, del consumo y del crecimiento económico. Esa narrativa ha moldeado nuestras instituciones, nuestras infraestructuras y nuestra manera de imaginar el futuro.
Por eso, cuando la ciencia habla de límites hidrológicos, energéticos o ecológicos, muchas veces no escuchamos una descripción física de la realidad. Escuchamos una amenaza a las expectativas sobre las que hemos construido nuestras sociedades.
¿Y cómo reaccionamos ante ello?
Con frecuencia mediante distintas formas de negacionismo. A veces es una negación frontal de la evidencia científica. Otras veces adopta formas más sutiles, minimizar el problema, aplazar las decisiones necesarias, confiar en que la tecnología resolverá por sí sola cualquier límite o asumir que los impactos siempre afectarán a otros lugares y a otras generaciones.
No siempre negamos los datos; a menudo negamos sus implicaciones.
Quizá porque aceptar determinadas implicaciones exige revisar relatos muy arraigados sobre quiénes somos, qué entendemos por bienestar y cuál es nuestro lugar en el mundo.

𝑳𝒂 𝒇𝒂𝒃𝒓𝒊𝒄𝒂𝒄𝒊ó𝒏 𝒅𝒆 𝒍𝒂 𝒅𝒖𝒅𝒂

Pero sería injusto afirmar que estas inercias culturales actúan solas.
Sabemos hoy que, durante décadas, determinados intereses económicos dedicaron enormes recursos a sembrar dudas sobre conocimientos científicos sólidos cuando estos cuestionaban sus modelos de negocio. Ocurrió con el tabaco. Ocurrió con la lluvia ácida. Ocurrió con el agujero de la capa de ozono. Y ocurrió también con el cambio climático.
La historiadora de la ciencia𝐍𝐚𝐨𝐦𝐢 𝐎𝐫𝐞𝐬𝐤𝐞𝐬 documentó este fenómeno en 𝑀𝑒𝑟𝑐ℎ𝑎𝑛𝑡𝑠 𝑜𝑓 𝐷𝑜𝑢𝑏𝑡, mostrando cómo un reducido grupo de actores políticos, empresariales y mediáticos logró fabricar incertidumbre pública allí donde el consenso científico era robusto.
Los historiadores y sociólogos de la ciencia han denominado a parte de estos procesos agnotología, el estudio de la producción deliberada de ignorancia o confusión para dificultar la comprensión pública de determinados problemas.
Pero 𝐥𝐚 𝐟𝐚𝐛𝐫𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐝𝐮𝐝𝐚 𝐡𝐚 𝐞𝐯𝐨𝐥𝐮𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐝𝐨. 𝐇𝐨𝐲 𝐲𝐚 𝐧𝐨 𝐧𝐞𝐜𝐞𝐬𝐢𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐯𝐞𝐧𝐜𝐞𝐫 𝐚 𝐦𝐢𝐥𝐥𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐩𝐞𝐫𝐬𝐨𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐥𝐚 𝐞𝐯𝐢𝐝𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐜𝐢𝐞𝐧𝐭𝐢́𝐟𝐢𝐜𝐚 𝐞𝐬 𝐟𝐚𝐥𝐬𝐚. 𝐋𝐞 𝐛𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐞𝐫𝐨𝐬𝐢𝐨𝐧𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐩𝐚𝐜𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐥𝐞𝐜𝐭𝐢𝐯𝐚 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐝𝐢𝐬𝐭𝐢𝐧𝐠𝐮𝐢𝐫 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐨𝐜𝐢𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐨, 𝐨𝐩𝐢𝐧𝐢𝐨́𝐧 𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐞́𝐬. Le basta con sustituir la comprensión por el ruido.
Y en una sociedad saturada de información, la confusión puede resultar tan eficaz como la mentira.

𝑼𝒏𝒂 𝒊𝒅𝒆𝒂 𝒏𝒆𝒄𝒆𝒔𝒂𝒓𝒊𝒂

Y así tendemos a responder a problemas sistémicos con soluciones que no cuestionan el marco que los ha generado.
Cuando percibimos una escasez, nuestra reacción casi automática consiste en intentar aumentar la oferta, si falta agua, buscamos producir más agua; si falta energía, buscamos producir más energía; si el calor se vuelve insoportable, multiplicamos los sistemas de refrigeración.
Son respuestas comprensibles y, en muchos casos, necesarias.
Sin embargo, rara vez nos detenemos a preguntarnos si una parte del problema reside también en la forma en que organizamos nuestras necesidades y nuestra demanda de recursos.
Es en ese punto donde aparece una idea incómoda para las sociedades contemporáneas, pero probablemente imprescindible para afrontar los desafíos que tenemos por delante, la autolimitación.
No entendida como una renuncia al bienestar, ni como un sacrificio permanente, ni mucho menos como una invitación al empobrecimiento. Más bien como una manifestación de inteligencia colectiva, la capacidad de reconocer los límites que hacen posible nuestra propia existencia y de ajustar nuestras decisiones a ellos antes de que sea la realidad quien lo haga por nosotros.
En esta línea resultan especialmente relevantes los trabajos de la filósofa 𝐂𝐚𝐫𝐦𝐞𝐧 𝐌𝐚𝐝𝐨𝐫𝐫𝐚́𝐧, que ha reflexionado sobre la necesidad de repensar qué entendemos por bienestar y cuáles son las necesidades humanas fundamentales en un contexto de crisis ecosocial.
Frente a una cultura que tiende a identificar el bienestar con la acumulación creciente de bienes y consumos, Madorrán plantea la importancia de distinguir entre necesidades y deseos, y de construir sociedades capaces de garantizar vidas dignas dentro de los límites ecológicos del planeta.
La cuestión no es vivir peor.
La cuestión es aprender a vivir bien de otra manera.

𝑼𝒏𝒂 𝒔𝒆ñ𝒂𝒍 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒏𝒖𝒆𝒔𝒕𝒓𝒐 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐

Quizá el verdadero valor de este estudio no resida únicamente en advertirnos de que habrá menos agua disponible.
Su importancia va más allá del dato concreto y nos invita a mirar el territorio desde otra perspectiva, la de quienes comprenden que viven en un espacio finito, sostenido por equilibrios ecológicos delicados de los que depende su bienestar.
A menudo actuamos como si la tecnología, el dinero o las infraestructuras pudieran sustituir cualquier límite natural. Sin embargo, hay dependencias que siguen siendo fundamentales. Ninguna economía funciona sin agua. Ningún sistema alimentario funciona sin energía. 𝐍𝐢𝐧𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐬𝐨𝐜𝐢𝐞𝐝𝐚𝐝 𝐩𝐮𝐞𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐨𝐬𝐩𝐞𝐫𝐚𝐫 𝐝𝐞 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐝𝐞𝐫𝐚 𝐬𝐨𝐛𝐫𝐞 𝐞𝐜𝐨𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐠𝐫𝐚𝐝𝐚𝐝𝐨𝐬.
Por eso, cuando una isla pierde agua, no está perdiendo únicamente un recurso. Está recibiendo una señal sobre la forma en que se relaciona con su entorno y sobre los límites físicos que sostienen su bienestar.
Esa señal habla de interdependencia y de responsabilidad compartida. Nos recuerda que 𝐥𝐚𝐬 𝐝𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐨𝐦𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐡𝐨𝐲, 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐩𝐥𝐚𝐧𝐢𝐟𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐡𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐧𝐮𝐞𝐬𝐭𝐫𝐨𝐬 𝐩𝐚𝐭𝐫𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐮𝐦𝐨, 𝐭𝐢𝐞𝐧𝐞𝐧 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐞 𝐞𝐱𝐭𝐢𝐞𝐧𝐝𝐞𝐧 𝐦𝐮𝐜𝐡𝐨 𝐦𝐚́𝐬 𝐚𝐥𝐥𝐚́ 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐞𝐧𝐭𝐞.
La historia muestra que las sociedades rara vez cambian solo porque conocen un problema. El conocimiento es necesario, pero no suficiente. 𝐋𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨𝐬 𝐩𝐫𝐨𝐟𝐮𝐧𝐝𝐨𝐬 𝐬𝐮𝐞𝐥𝐞𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐥𝐚𝐬 𝐢𝐦𝐩𝐥𝐢𝐜𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐚𝐛𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐲 𝐚𝐜𝐞𝐩𝐭𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐝𝐞𝐭𝐞𝐫𝐦𝐢𝐧𝐚𝐝𝐚𝐬 𝐟𝐨𝐫𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐜𝐭𝐮𝐚𝐫 𝐲𝐚 𝐧𝐨 𝐬𝐨𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐭𝐢𝐛𝐥𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐥𝐚 𝐫𝐞𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐪𝐮𝐞 𝐭𝐞𝐧𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥𝐚𝐧𝐭𝐞.
Pero quizá el desafío no consista únicamente en aceptar que existen límites. Quizá consista en comprender que muchas de las cosas que más valoramos dependen precisamente de respetarlos. La seguridad que buscamos para nuestras familias, las oportunidades que deseamos para nuestros hijos, la estabilidad de nuestras comunidades o la posibilidad de llevar una vida digna no existen al margen de los sistemas ecológicos que las sostienen. 𝐋𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐬𝐭𝐢𝐨́𝐧 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐞𝐥𝐞𝐠𝐢𝐫 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐛𝐢𝐞𝐧𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫 𝐲 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬. 𝐋𝐚 𝐜𝐮𝐞𝐬𝐭𝐢𝐨́𝐧 𝐞𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐫𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞, 𝐞𝐧 𝐮𝐧 𝐦𝐮𝐧𝐝𝐨 𝐟𝐢𝐧𝐢𝐭𝐨, 𝐥𝐨𝐬 𝐥𝐢́𝐦𝐢𝐭𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐧 𝐮𝐧𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐝𝐢𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐝𝐞𝐥 𝐛𝐢𝐞𝐧𝐞𝐬𝐭𝐚𝐫.
En ese sentido, quizá la pregunta más importante que plantea este estudio no sea cuánta agua tendremos dentro de cincuenta años, sino si seremos capaces de adaptar nuestras expectativas, nuestras instituciones y nuestras formas de vida a un contexto marcado por límites ecológicos cada vez más evidentes.
Porque, en última instancia, la cuestión trasciende el agua. Tiene que ver con la relación que mantenemos con los sistemas naturales de los que dependemos y con nuestra capacidad para actuar teniendo en cuenta esa dependencia.
El océano conserva la huella energética de nuestras emisiones. Los ecosistemas reflejan las consecuencias acumuladas de nuestras decisiones. Y 𝐥𝐚𝐬 𝐠𝐞𝐧𝐞𝐫𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐟𝐮𝐭𝐮𝐫𝐚𝐬 𝐡𝐞𝐫𝐞𝐝𝐚𝐫𝐚́𝐧, 𝐞𝐧 𝐛𝐮𝐞𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐝𝐚, 𝐞𝐥 𝐫𝐞𝐬𝐮𝐥𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐝𝐞 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐚𝐠𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐨 𝐝𝐞𝐣𝐞𝐦𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐡𝐚𝐜𝐞𝐫 𝐝𝐮𝐫𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐥𝐚𝐬 𝐩𝐫𝐨́𝐱𝐢𝐦𝐚𝐬 𝐝𝐞́𝐜𝐚𝐝𝐚𝐬.
Tal vez la verdadera medida de nuestra inteligencia colectiva no resida únicamente en nuestra capacidad para transformar el mundo, sino también en nuestra capacidad para comprender los límites dentro de los cuales esa transformación puede seguir siendo compatible con una vida digna y sostenible.
Termino con una cita para animar a los que se pasan por aquí y que me hacían llegar esta mañana con la misma intención:
F. Scott Fitzgerald. “The test of a first-rate intelligence is the ability to hold two opposing ideas in mind at the same time and still retain the ability to function. One should, for example, be able to see that things are hopeless yet be determined to make them otherwise.”
“La prueba de una inteligencia superior es la capacidad de mantener dos ideas opuestas en mente al mismo tiempo y seguir funcionando. Uno debería, por ejemplo, ser capaz de ver que las cosas están perdidas y, aun así, estar decidido a cambiarlas.”
Personalmente no me considero mejor que nadie. Como muchos de ustedes, intento comprender lo que está ocurriendo y actuar en consecuencia. Gracias por dedicar tiempo a estas reflexiones nada fáciles. Nadie transforma nada solo.
𝑹𝒆𝒇𝒆𝒓𝒆𝒏𝒄𝒊𝒂𝒔 𝒑𝒂𝒓𝒂 𝒑𝒓𝒐𝒇𝒖𝒏𝒅𝒊𝒛𝒂𝒓
– Santamarta Cerezal, J.C. et al. (2026). Island Water Stress:
Analyzing Canary Islands’ Hydrological Response to Climate Change. Environmental Monitoring and Assessment.
– IPCC (2023). AR6 Synthesis Report: Climate Change 2023.
– Cheng, L. et al. (2024). *Global Ocean Heat Content and Earth Energy Imbalance.
– Oreskes, N. & Conway, E.M. (2010). Merchants of Doubt.
– Proctor, R.N. & Schiebinger, L. (2008). Agnotology: The Making and Unmaking of Ignorance.
– Marshall, G. (2014). Don’t Even Think About It: Why Our Brains Are Wired to Ignore Climate Change.
– Lakoff, G. (2010). Why It Matters How We Frame the Environment.
– Madorrán, C. (diversos trabajos sobre necesidades, bienestar y autolimitación en contextos de crisis ecosocial).
– Rockström, J. et al. (2023). Safe and Just Earth System Boundaries.
IPBES (2019).
– Global Assessment Report on Biodiversity and Ecosystem Services*.