Carta a quien todavía duda del cambio climático (y su gravedad)
Nota de encuadre y criterio editorial.
Este texto es una aportación técnica y reflexiva elaborada por el director ejecutivo de la Fundación Canaria Reserva Mundial de la Biosfera La Palma, en el marco de sus funciones de análisis, divulgación y acompañamiento a los procesos de transición ecosocial.
No constituye una posición institucional formal de la Fundación, que corresponde a sus órganos de representación —Patronato y Presidencia— conforme a sus Estatutos.
Esta pieza no pretende ofrecer un resumen divulgativo al uso ni convencer a nadie a la fuerza. Su objetivo es contribuir al conocimiento respetuoso y a la comprensión de la crisis climática desde una perspectiva amplia.
¿Todavía dudas del cambio climático?
No escribo esto para convencerte ni para ganar una discusión. Tampoco para señalarte. Lo escribo porque hay momentos en los que seguir rodeando las cosas es una forma de no decirlas, y creo que ya no estamos ahí.
Sé que has oído muchas veces que el clima siempre ha cambiado, y es cierto. El planeta ha atravesado fases muy distintas a lo largo de su historia. Pero esa verdad, cuando se presenta sola, sin contexto, acaba funcionando como una coartada. Porque una cosa es la historia geológica de la Tierra, que se mide en miles de millones de años, y otra muy distinta es la historia de la civilización humana, que son apenas diez mil años desde la revolución del neolítico, y que ha dependido de unas condiciones climáticas relativamente estables. No estamos discutiendo si el clima cambia, sino si las condiciones que han permitido nuestra forma de vida van a seguir existiendo.
A veces aparece otro argumento, que en el pasado hubo épocas con concentraciones de CO₂ incluso mayores que las actuales. Y es cierto. La Tierra ha pasado por estados muy distintos. Pero ese dato, por sí solo, no dice lo que parece decir. Porque aquellas condiciones no eran las de un planeta habitable para la civilización humana. No había agricultura, ni ciudades, ni nada reconocible como nuestro mundo. La vida era otra. Basta pensar que en algunas de esas épocas había insectos gigantes y ecosistemas completamente distintos a los actuales. No estamos comparando situaciones equivalentes. Y, además, hay algo curioso: todo eso lo sabemos precisamente gracias a la ciencia del paleoclima, la misma que algunos cuestionan cuando no les gusta lo que muestra. Y lo que muestra es claro. Aquellos cambios ocurrieron a lo largo de miles o millones de años. Ahora lo estamos haciendo en apenas unas décadas.
Quizá también te resulte razonable la idea de que, si no se puede predecir con exactitud el tiempo de mañana, tampoco tiene sentido hablar del clima con seguridad. Pero el clima no es el tiempo. El tiempo es lo inmediato, lo variable, lo que ocurre en un momento concreto. El clima es otra cosa: es la regularidad, lo que se repite cuando miras con perspectiva. Es, en el fondo, una cuestión estadística, de matemáticas. Sabemos que hay veranos más cálidos e inviernos más fríos, que hay estaciones más secas y otras más lluviosas. Eso ya es conocimiento climático. Y precisamente eso es lo que está cambiando. De hecho, lo sabemos todos sin darnos cuenta: tu madre lo sabía. En su armario había ropa de verano y ropa de invierno. Sabía, sin necesidad de modelos, qué era lo habitual en cada época del año. Eso es clima.
𝐘 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐧𝐝𝐢́𝐚𝐦𝐨𝐬 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐱𝐩𝐞𝐫𝐢𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚, 𝐡𝐨𝐲 𝐥𝐨 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐦𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐧 𝐩𝐫𝐞𝐜𝐢𝐬𝐢𝐨́𝐧.
No porque alguien lo interprete así, sino porque se mide. La Tierra está reteniendo más energía de la que devuelve al espacio. Y eso no es una idea abstracta. Se mide. Se mide en la concentración de gases en la atmósfera, en las temperaturas del aire y del océano, en miles de estaciones y boyas repartidas por todo el planeta. Y también desde el espacio, con satélites que cuantifican cuánta energía entra desde el Sol y cuánta vuelve a salir.
Una parte de esa energía se refleja —por las nubes, el hielo, las superficies claras—, pero otra parte se queda. La Tierra la absorbe y después intenta devolverla en forma de radiación infrarroja. El problema es que ese intercambio ya no está equilibrado. Cuando comparas lo que entra con lo que sale, aparece el dato incómodo: entra más de la que se pierde. Ese desequilibrio es en la actualidad de alrededor de 1,4 vatios por metro cuadrado. Puede parecer insignificante, pero no lo es. Traducido a escala del planeta, equivale a la energía de varias bombas de Hiroshima cada segundo acumulándose en el sistema terrestre.
Y no es una medición aislada. Diferentes grupos, con métodos distintos, llegan a la misma conclusión. Eso, en ciencia, es lo que importa. Que todo apunta en la misma dirección.
Y sabemos por qué ocurre. Porque desde la revolución industrial hemos aumentado la concentración de gases de efecto invernadero como consecuencia de la quema de combustibles fósiles. Y esos gases, que son el residuo de esa combustión y se acumulan en la atmósfera —y en parte también en los océanos—, tienen una propiedad muy concreta: absorben parte de la radiación infrarroja que la Tierra emite y la devuelven de nuevo hacia abajo. No la dejan escapar del todo. Y esa energía se queda aquí.
No desaparece. Se acumula. Sobre todo en el océano, que es lento… pero no olvida. Y esa acumulación ya tiene un reflejo claro: la temperatura media del planeta ha aumentado en torno a 1,2–1,3 grados centígrados respecto a niveles preindustriales, lo que nos sitúa ya por encima de los 15 grados de media global. Puede parecer poco, pero no lo es. Porque esos grados centígrados no son solo una cifra en un termómetro: son una forma de medir la energía acumulada en el sistema climático. Y cuando hablas de energía, hablas de magnitudes enormes. Basta recordar que una diferencia de unos 4–5 grados menos que la actual fue suficiente para que gran parte del hemisferio norte estuviera cubierta por enormes capas de hielo durante la última glaciación. 𝐏𝐞𝐫𝐨 𝐡𝐚𝐲 𝐮𝐧𝐚 𝐝𝐢𝐟𝐞𝐫𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐜𝐥𝐚𝐯𝐞 𝐜𝐨𝐧 𝐚𝐪𝐮𝐞𝐥𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐚𝐦𝐛𝐢𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐚𝐬𝐚𝐝𝐨: 𝐥𝐚 𝐯𝐞𝐥𝐨𝐜𝐢𝐝𝐚𝐝. 𝐋𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐨𝐧𝐜𝐞𝐬 𝐨𝐜𝐮𝐫𝐫𝐢𝐨́ 𝐚 𝐥𝐨 𝐥𝐚𝐫𝐠𝐨 𝐝𝐞 𝐦𝐢𝐥𝐞𝐬 𝐝𝐞 𝐚𝐧̃𝐨𝐬, 𝐚𝐡𝐨𝐫𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚́ 𝐬𝐮𝐜𝐞𝐝𝐢𝐞𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐧 𝐚𝐩𝐞𝐧𝐚𝐬 𝐮𝐧𝐚𝐬 𝐝𝐞́𝐜𝐚𝐝𝐚𝐬.
Durante mucho tiempo nos dijimos que esto iba despacio, que quedaba margen, que era algo que verían otros. Pero eso ya no encaja con lo que estamos viendo. El calentamiento se está acelerando. No es una sensación. Está en los datos, incluso cuando se descuenta la variabilidad natural del sistema. No es que la ciencia se haya equivocado. Es que la realidad está yendo más rápido de lo que esperábamos.
Y eso cambia la conversación. Porque ya no hablamos de finales de siglo. Hablamos de décadas. De nuestro tiempo. De algo que atraviesa nuestra propia vida y la de nuestros hijos.
A partir de ciertos niveles de calentamiento, no hablamos de incomodidad. Hablamos de límites fisiológicos. De momentos en los que el cuerpo humano deja de poder adaptarse. De lugares donde la combinación de calor y humedad empieza a ser incompatible con la vida humana sin adaptación extrema.
Y lo más difícil de asumir es esto: los impactos que estamos viendo ya hoy están siendo más intensos de lo que se esperaba, incluso en escenarios que se consideraban moderados. No es solo una cuestión de cuánto calentamiento habrá, sino de cómo responde el sistema. Y el sistema está respondiendo con más violencia de la prevista.
Por eso el cambio climático no es simplemente que haga más calor. Es que se desordenan los patrones de los que dependemos. Cambian las lluvias, cambian las estaciones, aumentan los extremos. Y cuando eso ocurre, no hablamos de teoría. Hablamos de agua, de alimentos, de suelos, de estabilidad.
No te pido que compartas una ideología ni que aceptes sin más cualquier medida. Muchas merecen ser discutidas. Pero hay una diferencia que no deberíamos perder: una cosa es debatir qué hacemos, y otra negar lo que está pasando. El sistema físico no depende de opiniones.
Si miras con un poco de perspectiva, además, el clima no está ocurriendo solo. Hay mapas que muestran algo incómodo: que la humanidad ha vivido dentro de un espacio relativamente seguro, y que estamos saliendo de él en varias dimensiones a la vez. El clima es una de ellas. No la única.
No es el planeta el que se rompe. Somos nosotros los que nos alejamos de las condiciones que nos permitían vivir como lo hacíamos.
Además, el clima no va solo. Se degrada la biodiversidad, se alteran los ciclos del agua y de los nutrientes, se transforman los suelos, se acumula contaminación. No es una crisis aislada. Es el sistema entero tensándose.
No estamos ante un debate.
Estamos dentro del proceso.
Y conviene decirlo con claridad: no es “la humanidad” en abstracto. Es, sobre todo, el modelo de desarrollo del norte global, industrial y opulento —el nuestro— el que ha empujado este desequilibrio.
Y no hay forma de quedarse fuera.
Crédito imagen: https://apod.nasa.gov/apod/ap181224.html