- On 2 June, 2026
- In Noticias
- Tags:
El Consenso Científico
Pautas de lectura:
Este texto es una aportación técnica y reflexiva elaborada por el director ejecutivo de la Fundación Canaria Reserva Mundial de la Biosfera La Palma, en el marco de sus funciones de análisis, divulgación y acompañamiento a los procesos de transición ecosocial.
No constituye una posición institucional formal de la Fundación, que corresponde a sus órganos de representación —Patronato y Presidencia— conforme a sus Estatutos.
Esta pieza no pretende ofrecer un resumen divulgativo al uso ni convencer a nadie a la fuerza. Su objetivo es contribuir al conocimiento respetuoso y a la comprensión de la crisis climática desde una perspectiva amplia.
𝑶 𝒄𝒐́𝒎𝒐 𝒅𝒊𝒔𝒕𝒊𝒏𝒈𝒖𝒊𝗿 𝒍𝒐𝒔 𝒉𝒆𝒄𝒉𝒐𝒔 𝒅𝒆 𝒍𝒂𝒔 𝒐𝒑𝒊𝒏𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔 𝒆𝒏 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐𝒔 𝒅𝒆 𝒄𝒐𝒏𝒇𝒖𝒔𝒊𝒐́𝒏
Nunca en la historia de la humanidad habíamos dispuesto de una capacidad tan extraordinaria para observar el planeta que habitamos. Miles de satélites monitorizan de forma continua la atmósfera y los océanos; redes de boyas autónomas registran el calor acumulado en las profundidades marinas; estaciones meteorológicas repartidas por todo el mundo recopilan datos desde hace décadas; superordenadores simulan escenarios futuros con una potencia inimaginable hace apenas una generación; y decenas de miles de investigadores trabajan simultáneamente sobre distintos aspectos del sistema climático.
Y, sin embargo, vivimos una época marcada por una paradoja inquietante. Nunca habíamos sabido tanto sobre el funcionamiento físico del planeta y, al mismo tiempo, pocas veces habíamos mostrado tanta dificultad para integrar ese conocimiento en nuestras decisiones colectivas.
La cuestión es importante porque nos obliga a reconocer que el principal problema de nuestro tiempo no es la falta de información. El problema es que comprender la realidad y aceptar sus implicaciones son cosas distintas.
La gráfica que acompaña este texto ilustra perfectamente esa tensión. A primera vista parece una representación técnica sobre temperaturas globales. En realidad, habla de algo mucho más profundo. Habla de cómo construimos conocimiento, de cómo distinguimos los hechos de las opiniones y de cómo reaccionamos cuando la realidad cuestiona algunas de las ideas sobre las que hemos construido nuestra visión del mundo.
Vivimos una época extraña en la que tendemos a colocar en el mismo plano una opinión, una creencia y un hecho. Como si todas las afirmaciones tuvieran el mismo valor. Como si la realidad fuera una cuestión de preferencias personales.
Pero la ciencia no funciona así.
La ciencia no es una ideología. No es una religión secular. No es una cuestión de autoridad. La gravedad no existe porque Newton la describiera. La tectónica de placas no depende de que estemos de acuerdo con ella. El dióxido de carbono seguirá absorbiendo radiación infrarroja aunque decidamos ignorarlo. Los hechos físicos continúan operando incluso cuando dejamos de prestarles atención.
Lo que llamamos conocimiento científico surge precisamente del esfuerzo colectivo por separar lo que creemos de lo que realmente ocurre.

𝙀𝙡 𝙡𝙖𝙧𝙜𝙤 𝙘𝙖𝙢𝙞𝙣𝙤 𝙝𝙖𝙘𝙞𝙖 𝙚𝙡 𝙘𝙤𝙣𝙨𝙚𝙣𝙨𝙤
Miles de investigadores observan la realidad, formulan hipótesis, analizan datos, buscan errores, critican los resultados de otros equipos y someten sus conclusiones a una revisión permanente. En cierto sentido, la ciencia avanza porque los científicos intentan demostrar que los demás están equivocados. Cada publicación es una invitación a la crítica y cada resultado debe sobrevivir a intentos de refutación antes de ser aceptado por la comunidad científica.
Por eso el consenso científico no es una votación ni un acto de fe colectiva. Es el lugar al que llegamos cuando la evidencia acumulada termina convergiendo en una misma dirección. No significa que todas las preguntas estén resueltas ni que el conocimiento sea definitivo. Significa que las pruebas disponibles son tan robustas que las explicaciones alternativas dejan de resultar plausibles.
Un buen ejemplo de cómo se construye ese consenso es la propia historia del Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático (IPCC). Cuando fue creado en 1988 por la Organización Meteorológica Mundial y el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, el conocimiento sobre el cambio climático ya era considerable, pero todavía existían incertidumbres importantes sobre la velocidad del calentamiento, la sensibilidad del sistema climático y la magnitud de los impactos futuros.
Desde entonces, miles de investigadores de todo el mundo han participado en sucesivos ciclos de evaluación que han dado lugar a seis grandes informes de síntesis. Lo interesante es observar la evolución de sus conclusiones.
El Primer Informe de Evaluación, publicado en 1990, afirmaba que el calentamiento observado era consistente con las proyecciones teóricas, aunque todavía resultaba difícil atribuirlo de forma inequívoca a la actividad humana. Cinco años después, el Segundo Informe concluía que existía una evidencia discernible de influencia humana sobre el clima. El Tercer Informe reforzaba esa atribución. El Cuarto la consideraba muy probable. El Quinto elevaba el nivel de confianza hasta prácticamente la certeza científica. Y el Sexto Informe fue aún más contundente al afirmar que la influencia humana sobre el calentamiento de la atmósfera, el océano y la superficie terrestre es inequívoca.
La historia del IPCC ilustra perfectamente cómo funciona la ciencia. No mediante revelaciones súbitas ni cambios bruscos de opinión, sino a través de una acumulación progresiva de evidencia que va reduciendo incertidumbres y fortaleciendo conclusiones. Cuando observamos esta evolución resulta difícil no percibir una enseñanza importante: durante más de tres décadas las observaciones han tendido a confirmar las advertencias fundamentales de la ciencia climática.
El planeta se estaba calentando.
Y la causa principal era la acumulación de gases de efecto invernadero procedentes de las actividades humanas.
Ese es hoy el consenso científico.
No porque alguien lo decretara.
Sino porque la realidad terminó imponiéndose sobre las dudas razonables.
𝑼𝒏𝒂 𝒄𝒓𝒊𝒔𝒊𝒔 𝒄𝒍𝒊𝒎𝒂́𝒕𝒊𝒄𝒂 𝒒𝒖𝒆 𝒆𝒔 𝒕𝒂𝒎𝒃𝒊𝒆́𝒏 𝒖𝒏𝒂 𝒄𝒓𝒊𝒔𝒊𝒔 𝒆𝒄𝒐𝒔𝒐𝒄𝒊𝒂𝒍
Sin embargo, hay algo importante que a menudo olvidamos. El cambio climático no es una crisis aislada ni un problema independiente del resto de desafíos que afrontamos.
La pérdida acelerada de biodiversidad, el deterioro de los ecosistemas, el agotamiento de recursos, la simplificación biológica de los territorios, la creciente vulnerabilidad energética y material de nuestras sociedades y el calentamiento global forman parte de una misma historia.
La historia de una civilización que durante demasiado tiempo ha confundido crecimiento con prosperidad, consumo con bienestar y dominación con progreso.
Por eso cada vez más investigadores hablan de crisis ecosocial.
Porque lo que está en juego no es únicamente la estabilidad climática. Lo que está en juego es la relación que mantenemos con los límites biofísicos que sostienen nuestra existencia. Una relación que hemos tendido a ignorar precisamente cuando nuestra capacidad tecnológica nos hizo creer que podíamos emanciparnos de ellos.
Pero la naturaleza no desaparece cuando dejamos de mirarla.
Los límites tampoco.
𝑬𝒍 𝒐𝒄𝒆́𝒂𝒏𝒐 𝒚 𝒍𝒂 𝒑𝒂𝒓𝒕𝒆 𝒍𝒆𝒏𝒕𝒂 𝒅𝒆𝒍 𝒄𝒍𝒊𝒎𝒂
Cuando hablamos de calentamiento global solemos imaginar aire más caliente, olas de calor o récords de temperatura atmosférica. Sin embargo, esa imagen resulta engañosa porque nos conduce a fijarnos en la parte más visible del fenómeno y olvidar su verdadera dimensión física.
El protagonista principal de esta historia no es la atmósfera.
Es el océano.
Más del noventa por ciento del exceso de energía retenida por los gases de efecto invernadero termina almacenándose en el mar. Dicho de otra manera, el calentamiento global no consiste únicamente en un aumento de la temperatura del aire. Consiste, sobre todo, en una alteración del balance energético del sistema climático terrestre.
Por eso resulta más preciso hablar de energía acumulada que de temperatura. La temperatura es una manifestación del problema. La acumulación de energía es el problema.
Durante décadas el océano ha actuado como un inmenso amortiguador planetario, absorbiendo gran parte del exceso de calor generado por nuestras emisiones. Pero esa capacidad no elimina el problema. Lo desplaza en el tiempo. La energía no desaparece. Permanece almacenada y continúa condicionando el comportamiento del sistema climático.
Quizá por eso el océano sea la parte lenta del clima.
Y quizá por eso las señales que comienzan a emerger desde él merezcan ser observadas con especial atención.
𝑼𝒏𝒂 𝒔𝒆𝒏̃𝒂𝒍 𝒒𝒖𝒆 𝒎𝒆𝒓𝒆𝒄𝒆 𝒂𝒕𝒆𝒏𝒄𝒊𝒐́𝒏
En este contexto aparece un nuevo trabajo científico publicado como preprint en Research Square bajo el título *Acceleration of Global Warming in Satellite-Observed Lower Troposphere Temperature*.
Conviene subrayar desde el principio que se trata de una investigación que todavía no ha completado el proceso de revisión por pares y que, por tanto, sus resultados deben interpretarse con prudencia. La prudencia, sin embargo, no implica indiferencia.
Los autores analizan la evolución de la temperatura de la troposfera inferior entre 1981 y 2025 utilizando registros satelitales y técnicas destinadas a eliminar parte de la variabilidad asociada a fenómenos como El Niño-Oscilación del Sur y determinados efectos vinculados a aerosoles. Una vez realizado ese ajuste, encuentran una señal que consideran especialmente relevante: desde 2015 la tendencia de calentamiento podría haberse incrementado hasta aproximadamente 0,48 °C por década, una cifra significativamente superior a la observada durante los periodos anteriores.
La cuestión verdaderamente importante no reside en el valor exacto de esa cifra. Lo relevante es la hipótesis que plantea. Según los autores, los extraordinarios registros térmicos observados durante 2023 y 2024 podrían no ser únicamente una anomalía temporal amplificada por El Niño, sino formar parte de una aceleración más profunda del calentamiento global.
Si esta interpretación terminara confirmándose mediante futuras investigaciones, las implicaciones serían considerables. Los autores sugieren que el sistema climático podría incorporar entre medio y un grado Celsius adicional durante la próxima década, acercando el umbral de los 2 °C mucho antes de lo contemplado por buena parte de las proyecciones actuales.
No sabemos todavía si esta hipótesis resistirá el escrutinio científico. Precisamente para eso existe el proceso de revisión y contraste. Pero sí sabemos algo importante, la pregunta que plantea merece ser tomada en serio.
Y merece ser tomada en serio porque aparece en un contexto en el que múltiples indicadores independientes están mostrando comportamientos extraordinarios, especialmente en el océano, donde el contenido de calor del sistema climático continúa batiendo récords año tras año.
Conviene recordar además que las grandes evaluaciones climáticas internacionales han tendido históricamente a ser prudentes. No porque la ciencia exagere los riesgos, sino porque el consenso científico exige niveles extraordinariamente altos de evidencia antes de incorporar nuevas conclusiones. En otras palabras, el consenso suele llegar después de que las señales hayan comenzado a manifestarse, no antes.
¿𝑸𝒖𝒆́ 𝒔𝒊𝒈𝒏𝒊𝒇𝒊𝒄𝒂𝒓𝒊́𝒂 𝒂𝒄𝒆𝒓𝒄𝒂𝒓𝒏𝒐𝒔 𝒂 𝒍𝒐𝒔 2 °𝑪 𝒉𝒂𝒄𝒊𝒂 2030?
La diferencia entre 1,5 °C y 2 °C puede parecer pequeña cuando se observa desde una pantalla. En la realidad física del planeta representa una enorme cantidad adicional de energía acumulada en océanos, atmósfera, hielos, suelos y ecosistemas.
Para España, una de las regiones europeas más vulnerables al calentamiento global, esto significaría una mayor exposición a sequías prolongadas, olas de calor más frecuentes e intensas, incendios forestales extremos y episodios de precipitación torrencial cada vez más probables.
Para Canarias estas cifras dejan de ser abstracciones.
Hablan de pinares sometidos a temporadas de estrés cada vez más largas. Hablan de recursos hídricos que dependen de patrones climáticos crecientemente inciertos. Hablan de ecosistemas insulares extraordinariamente sensibles a cambios relativamente pequeños de temperatura y precipitación. Hablan de un océano que se calienta alrededor de nosotros mientras sostiene buena parte de nuestra biodiversidad, nuestra pesca, nuestro paisaje y nuestra identidad cultural.
Pero quizá la cuestión más relevante no sea cuántos grados adicionales puede alcanzar la temperatura media global.
Quizá la cuestión relevante sea otra.
¿Hasta qué punto los sistemas económicos y sociales sobre los que hemos construido nuestra prosperidad seguirán siendo viables en escenarios climáticos muy distintos a aquellos en los que se desarrollaron?
En Canarias solemos hablar de turismo, agricultura, agua o biodiversidad como si fueran sectores separados. Sin embargo, todos dependen en última instancia de unas determinadas condiciones biofísicas: un clima relativamente estable, disponibilidad de agua, un océano funcional y ecosistemas capaces de sostener la fertilidad de los territorios.
La pregunta que deberíamos comenzar a formularnos no es si el turismo seguirá existiendo dentro de treinta años. Probablemente seguirá existiendo. La pregunta es qué tipo de turismo será posible en un mundo más cálido, con olas de calor más frecuentes, recursos hídricos más limitados, ecosistemas sometidos a una presión creciente y costes energéticos potencialmente mayores.
Y algo parecido ocurre con el plátano.
No se trata de preguntarse si desaparecerá mañana.
Se trata de preguntarse si el actual modelo de producción industrial seguirá siendo viable bajo condiciones climáticas significativamente diferentes, especialmente en territorios insulares donde el agua, la energía y el suelo fértil constituyen recursos limitados.
Estas no son preguntas ideológicas.
Son preguntas físicas.
Y las preguntas físicas tienen una particularidad, tarde o temprano exigen respuestas materiales.
𝑳𝒂 𝒅𝒊𝒇𝒊𝒄𝒖𝒍𝒕𝒂𝒅 𝒅𝒆 𝒂𝒄𝒆𝒑𝒕𝒂𝒓 𝒍𝒐 𝒒𝒖𝒆 𝒔𝒂𝒃𝒆𝒎𝒐𝒔
Llegados a este punto cabría pensar que una evidencia tan sólida debería conducir automáticamente a la acción.
Sin embargo, la experiencia demuestra lo contrario.
Sabemos, gracias a la neurociencia, que los seres humanos no somos criaturas puramente racionales que ocasionalmente sienten. Somos criaturas profundamente emocionales que intentan razonar. António Damásio lo resumió de forma brillante hace décadas: “antes de pensar, sentimos”.
Cuando un hecho amenaza nuestra identidad, nuestros valores o nuestra visión del mundo, rara vez lo analizamos con neutralidad. Tendemos a buscar argumentos que nos permitan seguir creyendo aquello que ya creíamos.
George Lakoff ha mostrado cómo interpretamos la realidad a través de marcos culturales previos. Los hechos importan, pero siempre llegan filtrados por narrativas, emociones e identidades.
Por eso el cambio climático no representa únicamente un desafío científico.
Representa también un desafío cultural.
Aceptar la gravedad del problema implica reconocer límites biofísicos. Implica cuestionar algunas formas de producir, consumir y organizar nuestras economías. Implica admitir que no todo puede crecer indefinidamente en un planeta finito.
Y eso resulta profundamente incómodo.
𝑪𝒖𝒂𝒏𝒅𝒐 𝒍𝒂 𝒊𝒈𝒏𝒐𝒓𝒂𝒏𝒄𝒊𝒂 𝒔𝒆 𝒇𝒂𝒃𝒓𝒊𝒄𝒂
A esta dificultad humana para aceptar determinadas evidencias se añade otro fenómeno bien documentado por la historia reciente.
La ignorancia no siempre surge espontáneamente.
A veces se fabrica.
La historia del tabaco, del plomo en la gasolina o de la desinformación climática demuestra que sembrar dudas puede resultar extraordinariamente rentable cuando la evidencia amenaza determinados intereses económicos o políticos.
No se trata necesariamente de convencer a la población de una mentira concreta. Basta con erosionar la confianza en el conocimiento experto. Basta con exagerar incertidumbres menores para ocultar certezas mayores. Basta con convencer a una parte de la sociedad de que nadie sabe realmente qué está ocurriendo.
Ese terreno resulta especialmente fértil allí donde la alfabetización científica es débil y donde confundimos una opinión con una evidencia, una creencia con un hecho o un vídeo viral con décadas de investigación acumulada.
Quizá por eso determinados discursos negacionistas o minimizadores continúan encontrando audiencia incluso cuando la evidencia científica es más sólida que nunca.
No porque dispongan de mejores datos.
Sino porque apelan a emociones, identidades y temores que operan a un nivel más profundo que los hechos.
𝑴𝒊𝒆𝒏𝒕𝒓𝒂𝒔 𝒂𝒑𝒓𝒆𝒏𝒅𝒆𝒎𝒐𝒔, 𝒍𝒂 𝒓𝒆𝒂𝒍𝒊𝒅𝒂𝒅 𝒔𝒊𝒈𝒖𝒆 𝒔𝒖 𝒄𝒖𝒓𝒔𝒐
Quizá la lección más importante que podemos extraer de todo esto sea también una de las más sencillas de comprender y, al mismo tiempo, una de las más difíciles de aceptar.
La realidad no espera.
Mientras debatimos sobre la magnitud exacta del problema, el océano continúa acumulando energía. Mientras discutimos sobre modelos, escenarios o porcentajes de incertidumbre, los glaciares siguen perdiendo masa, los ecosistemas continúan transformándose y la atmósfera sigue respondiendo a las leyes de la física. La naturaleza no se detiene mientras decidimos qué hacer.
Y quizá ahí resida una de las características más desconcertantes de la crisis climática. No se parece a los desafíos a los que estamos acostumbrados. No llega de golpe ni se anuncia con una fecha concreta. Avanza poco a poco, acumulando cambios aparentemente pequeños que, con el paso de los años, terminan modificando las condiciones sobre las que construimos nuestras sociedades.
No tomar decisiones no significa permanecer en el mismo lugar. Significa permitir que las tendencias existentes continúen desarrollándose. No transformar nuestros sistemas energéticos es una decisión. No adaptar nuestros territorios es una decisión. No cuestionar modelos económicos incompatibles con los límites biofísicos del planeta es una decisión. La inacción nunca es neutral.
Porque no estamos discutiendo únicamente sobre temperaturas, océanos o concentraciones de dióxido de carbono. Estamos discutiendo sobre las condiciones de vida que heredarán quienes hoy ocupan las aulas de nuestros colegios e institutos. Sobre los niños y niñas que dentro de veinte o treinta años tendrán que gestionar el mundo que nosotros les dejemos.
No existe ningún escenario científico serio que conduzca inevitablemente a una Tierra convertida en un páramo inhabitable. La realidad es mucho más compleja que los relatos apocalípticos. Pero tampoco existe ningún fundamento científico para pensar que podremos alterar profundamente el sistema climático sin asumir costes crecientes.
La pregunta no es si esos costes existirán.
La pregunta es quién los soportará y en qué medida.
Y la respuesta resulta dura porque apunta siempre en la misma dirección, una parte importante de esa factura recaerá sobre generaciones que apenas han contribuido a crear el problema.
Quizá por eso la crisis climática sea también una cuestión ética. Una cuestión de justicia entre generaciones.
Porque mientras aprendemos, mientras debatimos y mientras intentamos comprender la magnitud de lo que está ocurriendo, la realidad sigue su curso. El océano continúa almacenando energía. Los ecosistemas continúan respondiendo. El clima continúa transformándose.
Y llegará un día en que nuestros hijos y nietos juzgarán menos lo que dijimos que lo que hicimos.
Al fin y al cabo, el conocimiento siempre ha implicado una responsabilidad. Saber y no actuar nunca ha sido lo mismo que no saber.
Quizá la pregunta que la historia terminará haciéndonos no sea cuánto sabíamos.
Quizá la pregunta sea mucho más sencilla:
¿Qué hicimos una vez que empezamos a comprender?
𝗥𝗲𝗳𝗲𝗿𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮𝘀 𝗮𝗰𝗮𝗱𝗲́𝗺𝗶𝗰𝗮𝘀
– Hansen, J. et al. (2023). *Global Warming in the Pipeline*.
– IPCC (2023). *AR6 Synthesis Report: Climate Change 2023*.
– WMO (2025). *State of the Global Climate*.
– Cheng, L. et al. (2024). *Another Year of Record Heat for the Oceans*.
– Foster, G. & Rahmstorf, S. (2011). *Global Temperature Evolution 1979–2010*.
– Damasio, A. (1994). *Descartes’ Error: Emotion, Reason and the Human Brain*.
– Lakoff, G. (2010). *Why It Matters How We Frame the Environment*.
– Lewandowsky, S., Ecker, U. & Cook, J. (2017). *Beyond Misinformation: Understanding and Coping with the Post-Truth Era*.
– Mann, M. (2021). *The New Climate War*.
– NOAA National Centers for Environmental Information. Global Climate Reports.
– NASA Goddard Institute for Space Studies (GISS). Global Temperature Analysis.
– Douglass, D.H. et al. (2025). *Acceleration of Global Warming in Satellite-Observed Lower Troposphere Temperature* (preprint pendiente de revisión por pares).
https://assets-eu.researchsquare.com/…/31f020ea-96a4…
𝗡𝗼𝘁𝗮 𝗺𝗲𝘁𝗼𝗱𝗼𝗹𝗼́𝗴𝗶𝗰𝗮:
El trabajo de Douglass y colaboradores es un preprint aún no revisado por pares. Se incorpora aquí como una señal emergente de interés científico y no como una conclusión consolidada. Precisamente porque así funciona la ciencia: observando, contrastando, corrigiendo y refinando continuamente nuestra comprensión del mundo.